«¿Cuáles son tus expectativas salariales?» Cinco palabras capaces de acelerar el pulso a cualquiera. Respondemos con vaguedades («bueno, según convenio…») por miedo a pasarnos o a quedarnos cortos, y ambas cosas cuestan dinero. Hablar de sueldo es una habilidad, y como toda habilidad, se entrena.
Antes de la entrevista: ponle número
Negociar sin datos es regatear a ciegas. Dedica una hora a averiguar qué se paga por tu puesto en tu zona: los informes salariales de los portales de empleo, las ofertas que publican horquilla, Glassdoor para empresas grandes y —el más infravalorado— preguntar a colegas del sector. Sal de ahí con tres cifras: tu mínimo aceptable, tu objetivo realista y tu «si suena la flauta».
Ojo: piensa en bruto anual, que es el idioma de las empresas, y ten a mano la conversión aproximada a neto mensual para no llevarte sustos al firmar. Y recuerda que el convenio marca suelos, no techos: cobrar por encima de convenio es perfectamente negociable.
Cuando llegue la pregunta
Da una horquilla anclada en tu objetivo, no en tu mínimo: «Por lo que he visto en el mercado para este perfil, estaría pensando en 26.000-29.000 brutos, aunque el conjunto de condiciones también me importa». Esa frase hace tres cosas: demuestra que has hecho los deberes, ancla la negociación arriba y deja espacio para hablar de lo demás.

Si prefieres devolver la pelota —táctica legítima—, prueba: «¿Qué rango tenéis presupuestado para el puesto?». Muchas veces contestan, y su cifra puede ser más alta que la tuya. Quien da el primer número fija el terreno; si el tuyo va bien informado, no temas darlo.
El sueldo no es solo el sueldo
Si la cifra no se mueve, muévete al resto del paquete: teletrabajo (cada día en casa son euros de transporte y comida), formación pagada, horario de entrada flexible, días extra de vacaciones, revisión salarial a los seis meses por escrito. A veces «no podemos subir de 24.000» convive perfectamente con «dos días de teletrabajo y revisión en junio», y el resultado es mejor que 25.000 a jornada presencial cerrada.
Última regla: todo lo pactado, al contrato o a un correo. «Eso luego lo hablamos con recursos humanos» es donde van a morir las promesas verbales. Lo que no está escrito, a efectos prácticos, no existe — y si algo se tuerce, tus derechos empiezan en el papel firmado.
