El sábado y el domingo libres parecen parte del orden natural del universo, como las mareas. No lo son: el fin de semana de dos días tiene, siendo generosos, un siglo de vida. Antes de eso, la humanidad trabajó seis días de cada siete durante milenios. La historia de cómo ganamos un día entero de vida semanal es una carambola de religión, sindicatos y un magnate del automóvil con cuentas hechas.
Un día libre, y era para misa
El descanso semanal único es antiquísimo —el sabbat judío en sábado, el domingo cristiano, el viernes musulmán—, pero era descanso religioso: un día, y con obligaciones. En la Inglaterra industrial del XIX apareció la primera grieta: el «sábado inglés», la media jornada del sábado que los patronos concedieron, entre otras cosas, porque los obreros llegaban los lunes inservibles tras concentrar la juerga en su único día libre (el absentismo del lunes era tan sistemático que tenía nombre: Saint Monday, «San Lunes»). Media tarde de sábado a cambio de lunes productivos: el primer fin de semana fue, literalmente, un trato contra la resaca.

Ford y el cálculo que lo cambió todo
El empujón definitivo llegó en 1926, cuando Henry Ford implantó la semana de cinco días y 40 horas en sus fábricas sin bajar el sueldo. ¿Filantropía? Más bien aritmética: Ford había entendido que sus propios obreros eran clientes potenciales, y que la gente sin tiempo libre no compra coches, ni viaja, ni consume. «El ocio es una parte indispensable de la economía», vino a decir, escandalizando a la patronal de su época. Los sindicatos, que llevaban décadas peleando por ello, convirtieron aquel experimento en estándar: en 1940 la semana de 40 horas era ley en Estados Unidos, y el mundo occidental fue cayendo detrás.
¿Y en España?
Aquí el descanso dominical se legisló en 1904 —con manifestaciones de camareros y dependientes que trabajaban los siete días—, y la «semana inglesa» fue conquista de los años 60 y 70 en muchos convenios: hay gente viva de sobra que recuerda trabajar los sábados por la mañana, y sectores donde nunca se fue del todo. El Estatuto de los Trabajadores garantiza hoy un descanso mínimo semanal de día y medio ininterrumpido (dos días para los menores de 18): el fin de semana completo, aunque te parezca mentira, sigue siendo mejora de convenio, no derecho universal.
La moraleja se escribe sola: si el fin de semana se inventó, se puede seguir inventando. Los pilotos de semana de cuatro días en Islandia, Bélgica, Reino Unido y España son exactamente eso: el «sábado inglés» de nuestra generación. Dentro de cincuenta años, alguien mirará nuestra semana de cinco días con la misma cara con la que tú acabas de mirar el San Lunes.
