Cada generación ve morir oficios y nacer otros, pero pocas veces nos paramos a mirar el cementerio. Detrás de cada trabajo desaparecido hay una tecnología que lo mató y, casi siempre, una historia estupenda. Aquí van algunos favoritos.
El knocker-upper: despertador humano
En la Inglaterra industrial, cuando los despertadores eran caros y poco fiables, existía el knocker-upper: una persona que recorría las calles al alba golpeando ventanas con una vara larga —o, en la variante más gloriosa, disparando garbanzos secos con una cerbatana a los cristales de los pisos altos— hasta ver que el cliente se asomaba. Cobraba unos peniques semanales por cliente y no se iba hasta comprobar que estabas en pie, cosa que no puede decir tu móvil. El oficio aguantó hasta los años 70 en algunos barrios obreros. Pregunta clásica de la época: ¿y quién despertaba al despertador?

El farolero y el sereno
Antes de la electricidad, alguien encendía a mano cada farola de gas al anochecer y las apagaba al alba: el farolero, con su pértiga y su escalera, personaje fijo de la ciudad europea durante un siglo. En España convivió con un oficio hermano y muy nuestro: el sereno, que vigilaba la calle de noche, cantaba la hora («¡las doce y sereno!», de ahí el nombre… o de ahí el tiempo despejado, que la etimología tiene debate) y —detalle maravilloso— llevaba las llaves de los portales del barrio. Volvías de madrugada, dabas dos palmadas, y el sereno venía a abrirte. Desapareció en los años 70, aunque algún ayuntamiento ha coqueteado con resucitarlo.
Las telefonistas y las computadoras con apellidos
Durante décadas, cada llamada telefónica pasaba por las manos de una operadora que conectaba clavijas en una central: en su pico, la «Telefónica» fue uno de los mayores empleadores femeninos de España, con oposiciones incluidas. La conmutación automática se llevó el oficio. Y antes de las máquinas, «computadora» era una profesión humana: equipos de personas —mayoritariamente mujeres— que calculaban a mano trayectorias astronómicas, tablas balísticas y hasta las órbitas de la NASA. Cuando llegó el ordenador electrónico, heredó el nombre de las trabajadoras a las que sustituyó.
Mención de honor: el lector de tabaquería
En las fábricas de tabaco de Cuba y España, los propios trabajadores pagaban a escote a un lector que, subido a una tarima, les leía en voz alta durante la jornada: prensa por la mañana, novela por la tarde. Los cigarreros votaban qué libro tocaba. Hubo fábricas donde se leyó a Dumas, Galdós y Marx entre hoja y hoja de tabaco —la marca Montecristo se llama así por la novela—. Que un puesto de trabajo consistiera en leerle novelas a otros trabajadores quizá sea la prueba definitiva de que no todo pasado laboral fue peor.
Moraleja para el presente: ningún oficio de esta lista desapareció por vagancia de quienes lo ejercían. Cambió la tecnología y punto. La única póliza que ha funcionado siempre es la misma que hoy: seguir aprendiendo antes de que te lo pida el mercado.
